domingo, 3 de abril de 2011

Populismo vs. fascismo

Hay una distinción fundamental entre fascismo y populismo. Ambos coinciden en concebir a la democracia (es un error pensar que el fascismo es anti-democrático) como la expresión de una voluntad general homogénea. En otras palabras, fascismo y populismo consideran que el Estado debe garantizar la realización de los deseos e intereses del pueblo en su conjunto. Pero mientras que el fascismo traduce esto en una suspención de las instituciones que sostienen el pluralismo, el populismo juega dentro de ellas. Un gobierno fascista anula el Congreso, las elecciones, los controles judiciales, y demás instituciones que ponen "en peligro" la realización de la voluntad colectiva que dice representar. Un gobierno populista, en cambio, tiende a tener una relación tensa con estas instituciones, pero no las suspende ni las avasalla abiertamente.

Puede haber diversos motivos por el cual el populismo no se deshace totalmente de los elementos republicanos de la democracia (a diferencia del fascismo, cuya ideología democrática es absolutamente anti-republicana). Pero lo cierto es que su estrategia consiste en jugar con los vacíos legales, en cierta transgresión controlada de la ley, en las reformas institucionales y, por supuesto, en el uso irrestricto de todos los recursos discrecionales con los que cuenta desde el manejo del Estado. El populismo no proclama desobedecer a las instituciones, pero muestra desinterés en respetarlas y fortalecerlas. Esto se traduce en acciones que, si bien no son claramente ilegales, transgreden el espíritu de las instituciones (por ejemplo, presentando candidatos electorales que ponen en duda si asumirán o no el cargo), o directamente son contrarias a la ley pero aceptan el control judicial (como ocurrió con la discriminación con la pauta oficial, la disolución de Fibertel, y como esperablemente sucederá con las multas a las consultoras). A menudo se emprenden reformas institucionales que, aprovechando el predominio político, hacen que ciertas instituciones sean funcionales al poder político (en el caso argentino, el ejemplo sería el Consejo de la Magistratura). Un punto esencial, sin embargo, es que el populismo nunca suspende la institución fundamental en la que se sostiene su legitimación democrática, es decir, las elecciones. Estas son, por tanto, el elemento mínimo de institucionalidad que es inherente al populismo como tal.

Esta situación de tensión con el orden institucional torna inestable la situación de un país gobernado por el populismo, puesto que las reglas fundamentales quedan sujetas a una permanente redefinición. Esto puede conducir a diversos escenarios. El primero es que, eventualmente, el gobierno populista pierda, por diversos motivos, poder político, y sea reemplazado por otro tipo de gobierno (Menem en 1999). El segundo es que el populismo se radicalice y logre, tanto mediante reformas institucionales como mediante recursos no institucionalizados, como la formación de redes clientelares, un escenario donde, si bien se mantiene el funcionamiento de las instituciones republicanas, es extremadamente difícil que el gobierno pierda una elección. Esto derivaría en la "institucionalización" del populismo y en lo que Sartori denominó como sistema pluripartidista con partido hegemónico: si bien hay muchos partidos políticos, solo uno tiene chances reales de ganar la elección. El mejor ejemplo sería el PRI mexicano hasta los años 90. El tercer escenario es que el populismo decida suspender total o parcialmente las instituciones, convirtiéndose en una mezcla de populilsmo y autoritarismo, como fue el caso de Fujimori. El cuarto escenario es que los sectores no populistas reaccionen contra el populismo derrocando al gobierno, como ocurrió con Perón en 1955.

Entender esta relación entre populismo e instituciones es esencial para imaginar el futuro cercano del actual proceso político argentino. Las equiparaciones simplistas del populismo con el fascismo tienden a producir diagnósticos equivocados y son fácilmente puestas en cuestión. Es cierto que populismo y fascismo comparten una concepción no republicana de la democracia, pero ambos resuelven la tensión con el orden institucional de manera diferente. Comprender esta tensión es esencial para pensar los escenarios posibles en el futuro cercano, así como para desarrollar un discurso crítico del populismo consistente.

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