martes, 14 de septiembre de 2010

La política y el sentido de las palabras

Estuve releyendo secciones de La razón populista, uno de los últimos libros de Ernesto Laclau, quien es uno de los intelectuales más influyentes en el actual gobierno. Es difícil saber cuánto los Kirchner realmente lo tienen en cuenta, pero no es difícil encontrar en su forma de actuar políticamente muchos puntos de contacto con las concepciones políticas de Laclau. En cualquier caso, me llamó la atención el sigiente fragmento:

Una discusión sobre si una sociedad justa será llevada a cabo por un order fascista o por un orden socialista no precede como una deducción lógica a partir de un concepto de "justicia" compartido por ambas partes, sino de un investimiento radical cuyos pasos discursivos no son conecciones lógico-conceptuales sino atributivo-performativas. Si me refiero a una serie de malestares sociales, a una injusticia extendida, y atribuyo su causa a la "oligarquía", por ejemplo, estoy realizando dos operaciones interrelacionada: por un lado, estoy constituyendo al "pueblo" al encontrar la identidad común de una variedad de reclamos sociales en su oposición común a la oligarquía; por el otro, el enemigo deja de ser puramente circunstancial y adquiere dimensiones globales.

O sea: la política no se basa en operaciones lógico-deductivas, es decir, aquellas tendientes a convencer al otro mediante mecanismos racionales dados de antemano y, en principio, compartidos por todos, sino en operaciones atributivo-performativas, es decir, quellas basadas en aplicar palabras a casos concretos para significarlos. Entonces, por ejemplo, la palabra "oligarquía" no significa nada es sí misma, ni hay posibilidad de ponerse de acuerdo en un significado. Pero a medida que se la utiliza para denominar negativamente los responsables de una serie de malestares sociales, constituimos la identidad de la oligarquía como tal. Así, siguiendo con el ejemplo, yo puedo calificar como oligarcas a los empresarios, a quienes apoyaron a la ultima dictadura militar, y a los políticos corruptos. Todos ellos son responsabilizados por el malestar de diversos grupos: trabajadores con bajos salarios, organismos de derechos humanos, desocupados. Al denominar a todos aquellos grupos "oligarquía", los constituyo como una identidad común y, a su vez, constituyo a quienes se le oponen como "el pueblo", es decir, como otra identidad común.

Si la política es esto (y, en la obra de Laclau, no hay ningún indicio de que la lógica, la deducción y la argumentación tengan ningún lugar en la política), entonces la utilización política de una palabra se basa en la posibilidad de liberarla de restricciones lógicas o argumentativas. En política, el significado de una palabra está dado por su aplicación a casos concretos, y no a significados dados de antemano. Más aún: la política resignifica las palabras a partir de su aplicación a objetos concretos, más allá de la correspondencia lógica entre uno y otro.

Un ejemplo muy evidente y actual. Funcionarios y medios afines al gobierno no dejan de calificar al Grupo Clarín como "monopolio". Como es bastante evidente, el Grupo Clarín no es un monopolio, según el significado común de la palabra monopolio. Sin embargo, al denominar como monopolio a una serie de características que, en principio, no son monopólicas (por ejemplo, poseer varios medios en diferentes ámbitos y concentrar una parte importante del mercado), la propia connotación negativa de la palabra termina reforzando la idea de que el Grupo Clarín se opone al interés general, tal como ocurre con "oligarquía". Según Laclau, en esto consiste la política: en apropiarse de las palabras y resignificarlas según las necesidades de la contienda. De ese modo, los significados se vuelven antes que nada una cuestión estratégica.

El problema con todo esto es que la política, en el mundo moderno, ha mostrado tener más capacidad de destruir el sentido de las palabras de lo que hubiese sido imaginable en épocas anteriores. Y el sentido de las palabras, como nos enseña Hannah Arendt, es parte del mundo común sobre el cual se constituye el espacio público. Sin significados compartidos, no hay nada que nos una, nada que nos permita constituir un espacio público y, por lo tanto, nada que nos permita interactuar políticamente. Esto sucede cuando las palabras dejan de ser medios de comunicación y se conviertes en herramientas para la estigmatización: sin comunicación, claro está, no hay mundo común posible. Como en una guerra, la única comunicación viable se da al interior de los bandos, pero no entre ellos. Sin embargo, aún al interior de cada bando, el hecho de que las palabras cambien su significado de un momento a otro, torna más inestable e inseguro el mundo de significados compartidos que une a las personas y les permite relacionarse unas con otras. Si ayer "monopolio" significaba una cosa, y hoy significa otra, ¿quién me asegura que el sentido de cualquier palabra será el mismo que hoy?

La lucha por el sentido es parte de la política. Pero cuando esa lucha amenaza con destruir el sentido mismo, con ponerlo al servicio de la estrategia política, peligra el mundo común sobre el cual se constituye el espacio público. Entonces, luchemos por el sentido, pero sin por ello dejar de llamar a las cosas por su nombre.

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