jueves, 23 de septiembre de 2010

Populismo, progresismo e instituciones

El kirchnerismo, como todo buen populismo, no se lleva bien con las instituciones. Con "no se lleva bien", quiero decir que, aunque no las violente o suprima, tampoco tiende a amoldar sus acciones a lo que ellas preveen o estipulan. Entre ajustarse a las leyes, o a las instituciones (que muchas veces es lo mismo), y hacer lo mínimo necesario para no cometer un delito, hay una gran diferencia. Por ejemplo, la ley no dice que un candidato no pueda presentarse a elecciones sabiendo que no asumirá el cargo, pero está claro que la elección como institución fue creada con la idea que así fuera. Hay otros ejemplos: superpoderes, consejo de la magistratura, Indec, Moreno. Ninguna de estas cosas viola estrictamente la ley, pero todas ellas involucran situaciones anormales desde el punto de vista del diseño institucional. Tal vez, más sencillo que esta explicación, sea remitirse a los intelectuales orgánicos del kirchnerismo, especialmente Laclau, quien explícitamente encomia el carácter anti-institucional del populismo.

Algunos pensamos (me incluyo explícitamente) que la generación de un orden institucional estable es esencial para el desarrollo del país. Sin duda, entre los que pensamos eso, hay desde terratenientes que apoyaron a la última dictadura hasta ex-militantes comunistas. Digo esto para prevenir las generalizaciones que esquivan el debate, como si todos los que se preocupan por las instituciones fuesen fanáticos golpistas o pobres lobotomizados por Clarín. Creo que la cuestión institucional es importante y es legítima, más allá de que algunos la defiendan de forma oportunista.

Los intelectuales orgánicos del gobierno sostienen una visión según la cual la política no se hace en las instituciones. Más aún, ella tiende a chocar con las mismas. Las instituciones se basan en la rutina y la previsibilidad, mientras que la política se basa en el cambio y en lo imprevisible. Siendo así, las instituciones son inherentemente conservadoras. Ellas tienden a solidificar las posiciones de poder, y a contener el potencial transformador de los grupos dominados u oprimidos. Más concretamente, en la Argentina, los sectores más institucionalistas han sido los más proclives a apoyar dictaduras e interrupciones institucionales, cuando sus propios intereses se vieron amenazados. Siendo así, los intelectuales kirchneristas deducen que el progresismo no debe dejarse intimidar por discursos republicanos que, en realidad, esconden una preocupación por sostener posiciones de poder. En la política argentina, sostienen ellos, la cuestión institucional es más un discurso conservador que un problema importante para la ciudadanía en general, y para los sectores socialmente más perjudicados en particular.

Una de las consecuencias de este razonamiento es que legitima lo que dice criticar. Si la idea es algo así como "nosotros no nos preocupamos por las instituciones porque, en realidad, nadie se preocupa verdaderamente por ellas", entonces se legitima que en el futuro, un gobierno con un proyecto político diferente utilice el mismo argumento. Y en ese caso, las leyes o instituciones perjudicadas pueden ser aquellas más afines a las ideas políticas que este gobierno dice defender. Desacreditar la importancia de las instituciones puede ser, entonces, un arma de doble filo o, como dice el dicho, "pan para hoy, hambre para mañana".

Otra consecuencia es que, una vez que la preocupación institucional es desacreditada, y lo único que queda es el mínimo apego a la ley, se inicia un proceso cuyas consecuencias pueden ser muy negativas en el mediano y largo plazo. Una vez que las instituciones dejan de ser un valor a sostener y se convierten en una limitación a la cual vale la pena hacer todo lo posible por esquivar, ellas tienden a perder credibilidad, al punto que, eventualmente, ya ni siquiera sea considerado importante respetarlas. La historia de la violencia política en la Argentina tiene mucho que ver con procesos de ese tipo.

Un proyecto progresista no debería perder de vista la importancia de tomarse en serio las instituciones. Ellas son, después de todo, las que sostienen una convivencia pacífica y otorgan a la acción política permanencia y estabilidad. Si los logros del proresismo se consiguen en desmedro de las instituciones, corren el riesgo desvanecerse en el futuro próximo, dejando además un panorama de mayor incertidumbre e inestabilidad que difícilmente beneficie a los sectores socialmente más débiles.

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